A 70 AÑOS DE UNA HAZAÑA MUNDIAL

No se escuchaba ni un suspiro en la cancha de saltos del Regimiento Coraceros de Viña del Mar. Todos contenían la respiración. Apenas se escuchaba el galope del “Huaso” cuando se preparaba para enfrentar “la mole” de dos metros y 47 centímetros. De pronto alguien grita: “Apure, Larraguibel, apure”. Era la voz de su maestro, el mayor Rafael Montti quien le exigía que imprimiera más velocidad.

 

Esa tarde, casi cinco mil personas -incluyendo al presidente González Videla- habían sido testigos de los dos anteriores intentos del capitán Alberto Larraguibel y de Huaso. En el primero, a un par de metros de iniciar el despegue, el caballo repentinamente se negó a saltar. La segunda vez, mostrando más decisión, ambos se elevaron muy bien, pero cayó la vara superior cuando el caballo la rozó con su vientre.

En la multitud se contagió de una sensación de pesimismo pues parecía que otra vez sería imposible batir el récord mundial de 2.43 m. que ostentaba el capitán italiano Antonio Gutiérrez y su caballo “Ossopo”. Ellos lo habían conseguido en 1938 y en los diez años posteriores, en varios países se había tratado de superar esa altura, lo que ya se estimaba imposible. Era mejor contentarse con el record sudamericano que los mismos Larraguibel y Huaso había conseguido el año anterior.

 

Pero la verdad es que ahora no eran los mismos. El día de la competencia, el 5 de febrero de 1949, el jinete estaba recién ascendido a capitán y se le sumaba una “buena estrella”. Por su parte, en una expresión de chilenidad, el caballo había cambiado su nombre de “Faithful” (fiel) para pasar llamarse Huaso; sin embargo, nunca dejaría su fiel condición.

 

Antes del tercer y último intento que permitía el reglamento de la prueba, Larraguibel se acercó a Montti para recibir un par de instrucciones, que más bien fueron palabras de aliento. El caballo de pura sangre inglesa, como buen representante de su linaje, se movía nervioso y parecía anhelante de esa última posibilidad. El capitán le ordenó tomar el galope, primero en una cadencia mediana, la que fue aumentando al irse acercando al enorme obstáculo. En los quince últimos metros, el caballo comenzó a comprimir su cuerpo como un resorte y el jinete con gran sentido de afiatamiento le deja estirar su cuello y, lo más importante, aproxima a su caballo al salto a la distancia exacta a la que debe producirse el rechazo para conseguir la parábola perfecta.

 

De ahí en adelante todo será armonía durante el vuelo. Pero es mejor que dejemos el relato al capitán Larraguibel: “…Y en el instante preciso nos elevamos. El momento más difícil fue la cúspide del salto. Mis ojos estaban a cuatro metros de altura y tenía la sensación de caer en picada. La más leve vacilación en mi, Huaso la habría sentido, habría dejado sus patas atrás y hubiéramos rodado juntos…pero pasamos. Fue un momento eterno, no escuché ni un solo grito y pensé que algo había salido mal, aunque no sentí caer las varas”.

 

Y así fue. Por un par segundos el público enmudeció, para luego estallar en gritos y aplausos, mientras la banda de músicos rompía con los acordes del himno nacional.

 

La gente se abalanzó sobre el caballo y el jinete. El soldado Julio González, su abnegado cuidador, hacía esfuerzo por impedir que al Huaso le arrancaran crines de recuerdo, mientras una multitud levantaba en andas a Alberto Larraguibel.

Los jueces internacionales volvían a medir el obstáculo y certificaban que el anterior record había sido batido. Chile por primera vez ostentaba una marca deportiva mundial. Era el fruto de una metódica preparación de dos años en que fueron entrenados Luis Riquelme con “Chileno” y Alberto Larraguibel con “Huaso”. El Ejército y los sucesivos directores de la Escuela de Caballería, coroneles Benjamín Rodríguez y José Luis Gálvez se habían propuesto alcanzar esta victoria para Chile. Lo que nunca nadie imaginó es que el laurel se mantendría por setenta años. Hasta el día de hoy, nadie lo ha conseguido batir.